Columna de Opinión: Mujeres a las STEM



Con regularidad se señala como un logro y una expresión de la igualdad de género el que la matrícula de mujeres en el sistema universitario alcance el 50%. Por cierto, nadie podría discutir que es un cambio y un avance, considerando que hasta no mucho tiempo atrás en los proyectos vitales de las mujeres no estaba la posibilidad de continuar sus estudios. Sin embargo, cuando se analiza la concentración de mujeres por carreras, descubrimos que aún queda mucho por avanzar. En efecto, basta con revisar los datos en torno a la matrícula desagregada por género en carreras de la educación o salud, para descubrir que se trata de espacios profundamente feminizados, además de contar con baja valoración social y menores remuneraciones. Por el contrario, en el área tecnológica a nivel de pregrado -lo que hoy se denomina STEM- la matrícula de mujeres alcanza, de acuerdo a datos del Concejo de Rectores (2018) solo al 26%. De esta forma, persiste una gran brecha de la cual las universidades debemos hacernos cargo fomentando el acceso de más mujeres a esta área. Hacerlo es una cuestión de justicia social y un avance hacia el necesario reconocimiento en las sociedades democráticas de todos y todas como sujetos de derechos. No hay nada, salvo la discriminación que genera el sistema de género, que justifique las desigualdades.
 
Sin embargo, no basta con promover el mayor acceso de mujeres a las STEM, si a la vez no nos hacemos cargo de las razones que están a la base de la segregación que viene, la mayor parte de las veces, del sexismo en educación que supone una mayor valoración política y social de los roles y posiciones sociales masculinas, constituyendo una forma de discriminación. En concreto, el sistema educativo contribuye a normalizar la desigualdad a través de un entramado de simbolismos y expectativas que operan desde el currículum -explícito y oculto- mediante prácticas, normas, valores y prejuicios expresados en los textos escolares, los contenidos curriculares, las prácticas educativas, incidiendo en la construcción de las identidades, de las relaciones sociales y, por ende, también en las orientaciones vocacionales.
 
En el ámbito propiamente académico, los sistemas de evaluación están construidos a partir del ciclo vital y profesional masculino, sin considerar que, para las mujeres, la época de mayor productividad coincide con la maternidad y la crianza. En este sentido, “la organización laboral de la universidad aún adhiere al estereotipo de “hombre proveedor” (…) los lugares de trabajo en las universidades resultan tener estructuras rígidas -con extensas horas de trabajo y viajes frecuentes- frente a las cuales, en ciertas coyunturas, las mujeres se ven forzadas a elegir entre su vida profesional y su familia”.
 
Finalmente, la cultura de la meritocracia no permite ver estas barreras de género subsistiendo “una visión de supuesta igualdad de derechos, por lo que se considera que la presencia estaría ligada exclusivamente al mérito, la capacidad y esfuerzo personal, lo que invisibiliza toda una estructura genérica que reproduce y alienta la exclusión de las mujeres del espacio público.” Con frecuencia las propias mujeres aceptan competir en esta cancha dispareja sin cuestionarla con la idea de “yo nunca he sido discriminada”, como si se tratara de una situación individual.
 
Como Dirección de Género e Igualdad de la Universidad de Chile, en este día nacional de las ciencias, la tecnología, el conocimiento y la innovación, saludamos a todas las mujeres que han tomado este camino, reconociendo su aporte y valor en un área clave para el desarrollo de nuestro país, renovando además el compromiso de nuestra universidad con la igualdad y equidad de género.

 

Carmen Andrade Lara
Directora
Dirección de Igualdad de Género
Universidad de Chile


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