Reportaje exclusivo en Conexión Ucampus: Las seis rectoras del CUECH proyectan el futuro de la educación superior chilena

En el año con mayor presencia femenina en las rectorías universitarias del país, las seis rectoras de universidades estatales analizan los desafíos que marcarán la próxima década: inteligencia artificial, formación permanente, financiamiento, desarrollo territorial y el fortalecimiento del rol público de las universidades.

El 2026 quedará marcado como un año histórico para la educación superior chilena. Hoy, 14 de las 52 universidades del país son dirigidas por una mujer, una cifra inédita en la educación superior chilena. Aunque este hito marca un cambio relevante en un sistema históricamente liderado por hombres, la representación femenina aún está lejos de reflejar una participación equilibrada.

La comparación internacional muestra que todavía existe un amplio camino por recorrer. Mientras en México las mujeres lideran cerca del 43% de las universidades y en Argentina alcanzan el 28%, el promedio latinoamericano se sitúa en torno al 22%. Con un 27%, Chile supera la media regional y registra la mayor presencia femenina de su historia en las rectorías universitarias, aunque aún se encuentra lejos de alcanzar una representación paritaria.

En este escenario, se produce un hecho inédito para la educación superior estatal: las seis universidades del Consorcio de Universidades del Estado de Chile (CUECH) encabezadas por mujeres aceptaron la invitación de Conexión Ucampus para reflexionar sobre el presente y el futuro de las universidades públicas.

Las rectoras Alejandra Mizala (Universidad de Chile), Marisol Durán (Universidad Tecnológica Metropolitana y presidenta del CUECH), Fernanda Kri (Universidad de O’Higgins), Luperfina Rojas (Universidad de La Serena), Solange Tenorio (Universidad Metropolitana de Ciencias de la Educación) y Jenniffer Peralta (Universidad de Tarapacá) representan instituciones con historias, tamaños y desafíos muy distintos. Sin embargo, al responder una misma serie de preguntas, sus diagnósticos convergen en una idea común: la universidad del futuro deberá transformarse profundamente, pero sin perder aquello que le da sentido: formar personas, promover el pensamiento crítico, generar conocimiento al servicio de la sociedad y contribuir al desarrollo del país a través de la investigación.

Una universidad que aprende junto con la sociedad 

Las universidades están enfrentando un escenario completamente distinto al de hace apenas una década. La irrupción de la inteligencia artificial, la acelerada transformación del mercado laboral, el envejecimiento de la población, las nuevas formas de aprender y las crecientes demandas sociales están modificando el papel que históricamente desempeñó la educación superior.

Para la rectora de la Universidad de O’Higgins, Fernanda Kri, uno de los principales cambios será comprender que la formación profesional ya no termina con la obtención de un título. «Hoy las personas ya no estudian una profesión para ejercerla durante toda su vida. Cambian de ocupación, se perfeccionan, adquieren nuevas competencias o incluso se reinventan profesionalmente […]. Eso significa que la universidad debe dejar de entenderse como un lugar al que se ingresa una sola vez» , sostiene.

La idea es compartida por Alejandra Mizala, quien sostiene que las instituciones deben prepararse para responder simultáneamente a cambios tecnológicos, sociales y demográficos que están transformando la educación superior. A su juicio, el desafío no consiste únicamente en actualizar programas académicos, sino también en fortalecer la investigación, la innovación, la colaboración interdisciplinaria y la capacidad de las universidades para responder oportunamente a las necesidades del país.

Desde la UMCE, Solange Tenorio agrega que estos cambios exigen revisar profundamente la formación de las futuras generaciones. «La inteligencia artificial generativa, la transición demográfica, el cambio climático y la crisis de representatividad […] nos obligan a repensar y modernizar nuestros modelos para formar personas creativas, con pensamiento crítico, compromiso ético y agencia para liderar con humanidad los procesos sociales» , puntualiza.

Más que transmitir contenidos, coinciden las rectoras, el desafío será desarrollar capacidades para aprender durante toda la vida y enfrentar escenarios cada vez más complejos e inciertos.

Inteligencia artificial: una oportunidad que exige responsabilidad

La inteligencia artificial aparece como uno de los temas más recurrentes en las reflexiones de las seis rectoras. Sin embargo, ninguna la entiende únicamente como una innovación tecnológica.

Para Alejandra Mizala, las universidades públicas tienen la responsabilidad de liderar la investigación sobre esta tecnología y contribuir a que su desarrollo responda al interés público. «La Universidad debe contribuir activamente al desarrollo del conocimiento sobre la propia inteligencia artificial y sus múltiples impactos en la sociedad [… y] orientar su uso hacia el bien común» , afirma.

Desde la UTEM, Marisol Durán coincide en que el sistema universitario debe asumir un papel activo en la discusión nacional. «Debemos enfocarnos en tres acciones fundamentales: aportar criterio ético a estos desarrollos, formar a las nuevas generaciones en habilidades avanzadas […] e incidir en la regulación que el país discute en estas materias tecnológicas» , detalla.

En tanto, Luperfina Rojas enfatiza que la tecnología sólo tendrá sentido si contribuye a mejorar la calidad de vida de las personas. «Entiendo la inteligencia artificial como una herramienta que amplía las capacidades humanas y complementa el juicio profesional. El reto, en el fondo, es formativo, pues se trata de enseñar a usarla con responsabilidad, siempre orientada al bienestar de las personas» , explica.

Por su parte, Solange Tenorio advierte que, aunque la inteligencia artificial revolucionará muchos procesos educativos, nunca podrá reemplazar la dimensión humana de la formación universitaria. «Debemos apoyarnos en las tecnologías, sacar el máximo provecho en favor de la sociedad, pero no debemos permitir que estas aumenten la desigualdad […] el contacto humano que sigue siendo fundamental» , reflexiona.

El valor de las universidades públicas 

Más allá de las transformaciones tecnológicas, las rectoras coinciden en que el principal desafío seguirá siendo fortalecer el rol público de las universidades.

Para Marisol Durán, ello requiere avanzar con urgencia hacia un nuevo modelo de apoyo estatal. «Necesitamos avanzar desde un modelo basado en subsidios a la demanda […] hacia un financiamiento institucional integral y estable» , enfatiza la presidenta del CUECH.

Al mismo tiempo, Luperfina Rojas plantea que las universidades deben profundizar su vínculo con los territorios, desarrollando investigación aplicada y soluciones concretas para las comunidades donde están insertas. Desde la Universidad de O’Higgins, Fernanda Kri complementa esta visión asegurando que «no existe contradicción entre tener una profunda vocación regional y mantener una mirada nacional e internacional. Al contrario, ambas dimensiones se potencian mutuamente».

Por su parte, la rectora Jenniffer Peralta enfatiza el valor estratégico de las zonas extremas y de frontera: «En la UTA nuestro territorio forma parte de nuestra identidad y también orienta nuestras preguntas de investigación. Producimos una mirada que el país necesita para comprender mejor sus fronteras, su diversidad, su historia y su proyección latinoamericana».

Para Alejandra Mizala, ese compromiso adquiere hoy una relevancia especial en un contexto marcado por la desinformación y la polarización. Las universidades, afirma, tienen la responsabilidad ineludible de «producir conocimiento confiable, formar personas con pensamiento crítico, enriquecer el debate público, plantear las preguntas difíciles y ofrecer espacios donde el diálogo y la deliberación democrática puedan desarrollarse».

Liderar el cambio 

Si algo une las respuestas de las seis rectoras es que el liderazgo universitario ya no puede entenderse únicamente como administración o gestión institucional. Hoy implica construir comunidades, impulsar la innovación, fortalecer la investigación, escuchar a los distintos actores universitarios y mantener una relación permanente con el entorno.

También supone abrir nuevos espacios para que más mujeres lleguen a posiciones de decisión. «Hoy las mujeres lideramos un tercio de las 18 rectorías del CUECH. Hace poco más de 10 años no existían mujeres rectoras en Chile» , recuerda Marisol Durán, valorando el avance, aunque las cifras muestran que el camino hacia una participación equilibrada aún está lejos de completarse.

En esa misma línea, Luperfina Rojas advierte que «el desafío actual consiste en consolidar una cultura institucional que reconozca el liderazgo femenino como mérito propio, plenamente integrado a la vida universitaria».

Para Jenniffer Peralta, este avance en participación tiene un propósito claro: «El liderazgo académico no consiste en ocupar un cargo, sino en generar oportunidades para que otros crezcan. El futuro requiere más mujeres liderando equipos, impulsando investigación, promoviendo la innovación y contribuyendo al progreso de sus comunidades, porque la diversidad de miradas fortalece las decisiones y enriquece las instituciones».

Más allá del dato estadístico, este grupo de seis rectoras del CUECH refleja un cambio más profundo: la diversidad de miradas está enriqueciendo la discusión sobre el futuro de la educación superior chilena. Sus respuestas dejan entrever una visión compartida. La universidad que viene será más flexible, más interdisciplinaria, más conectada con los territorios, más comprometida con la investigación y más abierta a las oportunidades que ofrece la inteligencia artificial. Pero, al mismo tiempo, deberá preservar aquello que ninguna tecnología puede reemplazar: la formación integral de las personas, el pensamiento crítico y su vocación de servicio público.

Ante los vertiginosos cambios sociales y tecnológicos, la rectora Peralta resume que «el desafío, por tanto, es ser instituciones capaces de anticipar el futuro, contribuir al desarrollo sostenible y generar valor público desde la educación superior». Porque el gran desafío de las próximas décadas no será simplemente adaptarse a los cambios. Será liderarlos desde el conocimiento, la colaboración y el compromiso con el desarrollo de Chile.