Movilidad estudiantil: cuando la universidad deja de tener fronteras
Estudiar un semestre en España, cursar asignaturas presencialmente en otra región de Chile o acceder desde La Serena a un ramo especializado impartido por otra universidad. La movilidad estudiantil está abriendo nuevas posibilidades para que jóvenes complementen su formación, conozcan otras realidades y construyan trayectorias académicas más flexibles. Las experiencias de estudiantes de la UMCE y la Universidad de La Serena muestran que hoy existen distintas maneras de vivir la movilidad y que las nuevas tecnologías pueden ampliar oportunidades que antes parecían reservadas solo para quienes podían viajar.
Para Daniela Noemí, estudiante de Pedagogía en Educación Física de la Universidad Metropolitana de Ciencias de la Educación (UMCE), subirse a un avión rumbo a España significó mucho más que comenzar un semestre en otra universidad. Era la primera vez que abordaba un vuelo, la primera que viajaba sola y también la primera oportunidad en que tendría que asumir de golpe las responsabilidades de la independencia. A sus 22 años y cursando cuarto año de carrera, permaneció seis meses en la Universidad de Jaén realizando una movilidad internacional que transformaría su mirada académica y personal.
“Mi experiencia fue increíble. Yo nunca había viajado en avión, nunca había viajado sola, nunca había tenido las responsabilidades de vivir sola. Entonces fue una experiencia donde, en realidad, pude hacer muchas cosas nuevas por primera vez. Obviamente, salir de mi zona de confort”, recuerda.
La historia de Daniela grafica uno de los rostros de un fenómeno cada vez más diverso. La movilidad universitaria ya no responde a un único molde: mientras algunas vivencias implican cruzar el océano durante un semestre, otras permiten trasladarse a otra región del país y, en paralelo, emergen alternativas virtuales que hacen posible cursar asignaturas en instituciones distantes sin necesidad de hacer las maletas.
Desde la perspectiva institucional, este abanico refleja una transformación en la forma de concebir el aprendizaje global. Para Dorotea López, prorrectora de la Universidad de Chile, la clave radica en entender la internacionalización desde un enfoque integral donde el viaje físico es solo una de las herramientas disponibles.
“Internacionalización es ese concepto más amplio que engloba todas las estrategias que una universidad hace para que sus estudiantes, sus profesores, sus programas, su quehacer tenga un carácter internacional”, explica la autoridad universitaria, destacando que junto a los intercambios tradicionales hoy cobra fuerza la denominada internacionalización en casa, apoyada en entornos digitales. “Para los estudiantes es principalmente la posibilidad de intercambiar y de conocer contenidos de otras universidades, de otros países, y conocer a otros estudiantes y a otras estudiantes en otras latitudes”.
Esa posibilidad de habitar otros espacios educativos también puede darse dentro de las fronteras nacionales, respondiendo a desafíos cotidianos como la conciliación entre los estudios y la vida familiar. Ese fue el camino de Antonia Araya, estudiante de Educación Diferencial de la UMCE, quien decidió realizar una movilidad nacional presencial en la Universidad de La Serena. Durante su estadía cursó asignaturas académicas vinculadas a la evaluación multidimensional e investigación para su tesis, junto a talleres de vela y kayak.
El proceso implicó una integración profunda con la comunidad local, compartiendo extenuantes jornadas de biblioteca y campo con sus nuevos compañeros. Sin embargo, el rasgo definitorio de su viaje fue la maternidad: Antonia realizó la movilidad acompañada por su hijo de un año y ocho meses. Gracias a las gestiones previas y a los convenios de la universidad receptora, pudo acceder a un jardín infantil local que le permitió equilibrar la exigencia académica con la crianza, e incluso darse el tiempo para recorrer el Valle del Elqui.
“Fue muy favorable porque me permitió ser más cercana a mis compañeros de La Serena, porque teníamos que compartir varias horas en sala de clases, pero también afuera, planificando la tesis, todos los artículos que íbamos a ocupar, todas esas cosas”, relata Antonia, enviando un mensaje directo a otras jóvenes en su situación: “También a las personas que son mamás y tienen la oportunidad de hacer esto, que no se limiten. De verdad que las puertas se abren súper bien. La gente acoge súper bien cuando uno dice: ‘Vengo de intercambio’”. Al preguntarle si recomendaría dar el paso, su respuesta es inmediata: “Sí”.
En el otro extremo de la movilidad presencial se encuentra la experiencia de Franco Urrea, para quien la universidad sin fronteras se abrió a través de una pantalla. A sus 20 años y en tercer año de Diseño en la Universidad de La Serena, Franco descubrió que podía tomar materias en otros planteles. Su vocación original siempre estuvo ligada al cine, pero las alternativas académicas en esa área se concentraban en la Región de Valparaíso o en Santiago, imponiendo barreras económicas que le impedían trasladarse.
La movilidad virtual le ofreció una vía de escape a esa limitación geográfica. A través de la Universidad de Los Lagos, el estudiante pudo matricularse en una asignatura sobre Historia y Cine, conectándose con docentes y compañeros que compartían su misma pasión.
“Originalmente mi intención era estudiar cine. Sin embargo, muchas de las carreras con respecto a cine se encontraban más llevadas al centro… Entonces no estaba el poder económico para yo poder ir a estudiar afuera”, reflexiona Franco, destacando el valor formativo de la experiencia: “Había una gran variedad de ramos, de diferentes áreas, diferentes conocimientos, diferentes habilidades. Siento que logré profundizar en los conocimientos que ya tenía. Por ejemplo, en cuanto a software de diseño, el tema de fotografía, siento que me ayudó bastante”.
El caso de Franco demuestra cómo la tecnología está reduciendo las brechas de acceso al conocimiento especializado. Sobre este punto, la prorrectora Dorotea López enfatiza que el entorno digital ha acortado las distancias y democratizado oportunidades que antes resultaban inaccesibles para muchos estudiantes.
“Hoy día los estudiantes pueden tener en las distintas plataformas digitales interacción, poder asistir a cursos en otros países, en otros idiomas, conocer otras realidades. Todo eso nos permite ir reduciendo las brechas en materia de internacionalización”, sostiene López. “Lo que la tecnología, sin duda, nos ha hecho es que nos ha hecho más chico el mundo. Nos ha permitido que nos acerque, nos ha hecho más chicas las distancias, y eso sin duda es muy positivo”.
Pero cuando el intercambio exige el traslado físico, el aprendizaje trasciende con frecuencia los contenidos del programa de estudios. De regreso a la experiencia de Daniela Noemí en España, la joven tuvo que adaptarse a una estructura académica distinta —donde Pedagogía en Educación Física no existía como carrera independiente—, debiendo cursar ramos de Educación Primaria, Infantil y Educación Social. Ese cambio la obligó a reestructurar sus hábitos de estudio y a medirse en un entorno desconocido, con resultados que superaron sus propias expectativas.
“Tuve que replantear mi forma de estudiar y organizarme de una manera distinta. Me sorprendió mucho cómo logré rendir y adaptarme. Fue una experiencia única de principio a fin, que sin duda voy a recordar de aquí en adelante”.
El hilo conductor que une las historias de Daniela, Antonia y Franco es la necesidad de que el sistema de educación superior avance hacia modelos más flexibles y porosos. Frente a problemas globales y cambiantes, la formación universitaria actual exige traspasar los márgenes de una sola disciplina o de un único campus.
Para la prorrectora Dorotea López, la flexibilidad curricular y la interdisciplina son compromisos ineludibles para las instituciones del presente.
“Hoy día los problemas complejos no se resuelven con soluciones desde una misma disciplina, sino que necesitamos entender que este diálogo intercultural e interdisciplinario o transdisciplinario es fundamental para la resolución de problemas”, concluye López. “Tenemos que capacitarnos. Los estudiantes también tienen que capacitarse y tenemos que entregar una educación más flexible”.
Cruzar el océano, viajar a otra región con un hijo en brazos o conectarse a una clase a cientos de kilómetros son respuestas distintas a una misma inquietud: ir más allá de los límites de la propia universidad. En un escenario educativo en constante evolución, el gran reto de las instituciones será garantizar que la flexibilidad, la tecnología y el acompañamiento conviertan estas vivencias en una posibilidad real y cotidiana al alcance de cualquier estudiante.



