¿Por qué un estudiante debería pasar toda su vida universitaria en una sola universidad?

Durante años, la “movilidad estudiantil” se entendió como un privilegio reservado para unos pocos: armar las maletas, conseguir una beca o asumir un crédito y viajar durante un semestre al extranjero o a otra ciudad. Esa experiencia sigue siendo profundamente valiosa, pero el mundo cambió y la educación superior que necesitamos hoy requiere una mirada más amplia y flexible.

Moverse ya no significa solamente viajar. También puede ser cursar un ramo en otra universidad, integrarse a un proyecto con estudiantes de otra región, acceder a conocimiento que está en otro territorio o colaborar con pares internacionales desde el propio escritorio. Bajo esta mirada, la universidad deja de ser un espacio al que se pertenece exclusivamente para convertirse también en parte de una red más amplia de aprendizaje.

En Chile contamos con universidades desplegadas desde Arica hasta Magallanes, con comunidades, territorios y fortalezas académicas diversas y complementarias. Sin embargo, todavía pensamos la educación superior desde un modelo bastante tradicional: el estudiante ingresa a una universidad y se espera que desarrolle allí toda su trayectoria formativa.

Pero las trayectorias de aprendizaje son cada vez más diversas. La formación profesional exige combinar disciplinas, desarrollar nuevas habilidades y actualizarse constantemente. Por eso, resulta difícil pensar que una sola institución pueda concentrar todo el conocimiento y todas las experiencias que una persona necesitará a lo largo de su vida. De este modo, la movilidad estudiantil también puede ser una herramienta para ampliar las oportunidades de acceso al conocimiento y construir trayectorias formativas más flexibles. Y eso adquiere especial relevancia cuando hablamos de equidad.

En Chile, las 18 universidades estatales matricularon en 2025 a 196.224 estudiantes de pregrado, la cifra más alta registrada hasta entonces, de acuerdo con la Subsecretaría de Educación Superior.

Son casi 200 mil estudiantes que, además de pertenecer a su universidad, podrían formar parte de una red mucho más amplia de aprendizaje. ¿Qué pasaría si parte de esa formación pudiera construirse también en otras instituciones y territorios?

Iniciativas como Súbete, que conecta a las 18 universidades estatales, muestran que este camino ya comenzó a construirse. Durante el segundo semestre de 2024 se registraron 1.208 postulaciones al programa. La participación continuó creciendo en 2025, con 1.319 movilidades durante el primer semestre y 1.273 en el segundo, alcanzando un total de 2.592 movilidades en el año, de acuerdo con cifras del Consorcio de Universidades del Estado de Chile (CUECH) y la Universidad de Playa Ancha (UPLA).

Más que una cifra, estos números muestran que existe interés por ampliar la experiencia universitaria y aprender en otros espacios. Pero también muestran que todavía estamos al comienzo de un desafío mayor: hacer que estas oportunidades puedan estar al alcance de muchos más estudiantes.

Porque hay una dimensión de equidad que no podemos pasar por alto. Las barreras económicas, las responsabilidades familiares y la geografía de nuestro país han dejado históricamente a muchos estudiantes fuera de las experiencias de movilidad. Viajar a otra ciudad durante un semestre no es una posibilidad real para todos.

En ese contexto, la movilidad digital y las experiencias híbridas pueden abrir nuevas oportunidades. Un curso virtual no reemplaza necesariamente la experiencia de vivir en otra ciudad, pero puede permitir conocer otra comunidad académica, acercarse a una disciplina diferente, construir nuevas redes y ampliar los horizontes de aprendizaje sin abandonar la propia comunidad.

Sin embargo, para que esto funcione, la tecnología no basta.

También necesitamos voluntad administrativa, coordinación entre las instituciones y una gobernanza capaz de facilitar la colaboración. No sirve de mucho contar con aulas virtuales si después la burocracia dificulta reconocer los créditos obtenidos en otra universidad, si los calendarios académicos no conversan o si las mallas curriculares son demasiado rígidas.

Necesitamos avanzar hacia un sistema que facilite estas experiencias, simplifique los trámites y reconozca que aprender también puede ocurrir en otra institución, en otro territorio o en un entorno digital.

Una universidad que se abre y colabora no pierde su identidad; al contrario, puede fortalecerla. Porque un estudiante puede seguir teniendo una universidad de origen y, al mismo tiempo, formar parte de una comunidad mucho más amplia de aprendizaje, incluso sin moverse de su escritorio.

 

Víctor Hernández

Subdirector

Centro Tecnológico Ucampus